Oli i Sal

 

Tata, tata, tatatatata...

 

Telas rojigualdas con toros, pulpos y otros distintivos. Banderas españolas sin emblema, otras con Escudo Constitucional, todas flameando al viento, cual vela impulsora de aires de cambio y redentora de complejos institucionales. Gritos de ¡Es-pa-ña, Es-pa-ña, Es-pa-ña! Combinación de colores amarillos y rojos en vestimentas y complementos para celebrar una victoria deportiva a nivel mundial.

De pronto, un equipo de fútbol llamado Selección Española, ha tocado las fibras  sensibles de la ciudadanía española. La fiebre patriotera –que no patriota– ha invadido todo el país. Nada une más a un colectivo (Estado, Nación, pueblo, etc.) que un enemigo, –supuesto o real– exterior. Éramos “nosotros” contra el resto del planeta fútbol y ganamos.   

            Las competiciones deportivas internacionales siguen unos protocolos aceptados por todas las naciones, entre ellos está el izado de la bandera perteneciente al país o deportista ganador al tiempo que suena su himno nacional.  Los últimos años en materia deportiva han sido fructíferos para deportistas españoles individualmente o en equipo, los éxitos han acompañado a nuestro deporte a nivel mundial y en honor a sus victorias los organizadores y competidores les han rendido homenaje mediante el alzamiento de la bandera y la escucha del himno nacional. Por desgracia, uno de nuestros símbolos nacionales no tiene letra oficial. Nos tenemos que conformar con un: Taata, tata, tatatatatataaaa…, que avergüenza hasta al menos crítico de nuestros conciudadanos. Si analizamos el motivo de no tenerlo, es tan sencillo como esperpéntico: No se ha tenido tiempo en treinta años, en poner de acuerdo a los representantes del Estado Español con los representantes de las diecisiete Comunidades Autónomas –ellos si tienen su letra y su himno– y encontrar las palabras adecuadas y que todos acepten, que resalten nuestra convivencia, en base a la  justicia, la libertad y la democracia.      

La forma de interpretar la Constitución de 1978 con sus ambigüedades en el Capítulo VIII, ha llevado en los últimos treinta años a una cesión de soberanía –que no estaba prevista– en favor de las Comunidades Autónomas.  Las mayorías minoritarias en nuestra democracia han preferido lanzarse a los brazos de los grupos nacionalistas, cada vez más ávidos de poder y nunca satisfechos, aceptando sus demandas y extralimitaciones –incluso la petición de autodeterminación– a cambio de aprobar presupuestos generales o poder formar gobiernos monocolores. Si los dos partidos mayoritarios no han sido capaces de llegar a acuerdos de Estado –reforma de la Constitución, administración territorial, educación, etc.– poco podemos esperar de ellos. Mientras tanto la voluntad popular de la mayoría queda secuestrada hasta pasar por el tamiz de la decisión de los partidos minoritarios. Han sabido aprovechar legalmente su necesaria cooperación para que se pudieran obtener mayorías parlamentarias que sustentasen gobiernos estables, a cambio, traspasos de  competencias que siempre tendrían que haberse quedado en manos del Estado; todo ello amparado en una ley electoral que no favorece la cohesión del Estado.

Los nacionalismos gobernantes a lo largo de los años, han ido apartando o relegando a un segundo plano los símbolos nacionales así como la historia común, potenciando exclusivamente el “hecho diferencial” y la gesta heroica de su “nación” hasta conseguir que sus propios intereses parezcan los intereses nacionales. Todo ello ha llevado a la no valoración de los símbolos principales de la Patria, la “Patria” no es de derechas ni de izquierdas, nunca será un concepto devaluado ni caduco viene de paternal, es el legado de todos nuestros antepasados. O como indica la profesora P. García Picazo: “La Patria, es la prolongación de un sentimiento familiar de un amor desinteresado y una solidaridad basada en lazos naturales”. Desde esta perspectiva la Patria no es vista como una estructura de poder o dominación, sino como un ámbito de realización personal y colectiva.

Hay que aprovechar el momento para fomentar el amor a la Patria, respetando los símbolos que la representan, sintiéndose orgullosos de exhibirlos, al tiempo que nos sentimos protegidos por Ella. Cuando lo consigamos pasaremos de ser patrioteros a patriotas y ya no dudaremos de las lágrimas que nos caen en días de emoción si son por un triunfo de nuestra Patria, o por el éxito de nuestro icono favorito.